Aranceles y agricultores: siempre nos toca perder a los mismos
Por José María Castilla, director de la Oficina de Asaja en Bruselas.
Otra guerra comercial. Otro conflicto entre potencias. Otro anuncio cargado de banderas, discursos encendidos y promesas patrióticas. Y otra vez, ahí estamos nosotros: los agricultores, los ganaderos, los que no salimos en las fotos del Rose Garden pero sí pagamos la factura cuando llegan las consecuencias.
Lo de Trump no es nuevo. Ya en su primera etapa decidió que nuestros productos agro oliva, el queso, el vino, los cítricos… Todos pasaron por el peaje del 25 % sin que nadie en Washington supiera cómo se recoge una aceituna o lo que cuesta sacar adelante una explotación familiar. El resultado fue claro: ventas que se hunden, mercados que se pierden y oportunidades que se esfuman.
Ahora vuelve a la carga. Y lo hace en nombre de los agricultores americanos, como si protegerlos pasara por castigar a los nuestros. ¿De verdad alguien piensa que esto va a acabar bien? El proteccionismo puede parecer una solución rápida, pero no lo es. Como nos recuerda la historia —y también los datos—, las guerras arancelarias solo traen incremento de precios, disminución de compras, distorsiones y un daño que siempre recae en los mismos: los productores y los consumidores.
En nuestro caso, los efectos pueden ser demoledores. Estados Unidos es uno de nuestros principales destinos para productos como el aceite de oliva o el vino. Y no hablamos solo de cifras: hablamos de marca país, de valor añadido, de años de inversión en calidad y promoción. Perder cuota en ese mercado no es como apagar una luz y volverla a encender. Recuperarla cuesta una década. Y mucho dinero.
Por eso decimos basta. No podemos seguir siendo la diana cada vez que hay una tormenta comercial. Queremos vender, competir en igualdad de condiciones y seguir generando riqueza en nuestros pueblos. Pero para eso necesitamos que desde Madrid y Bruselas se tomen en serio esta amenaza y se actúe con rapidez y determinación.
Y ya que estamos, una pregunta al aire: si tanto nos afecta esto, ¿por qué siempre es el campo el que paga los platos rotos? ¿Por qué no se activan medidas equivalentes cuando se importa gas de Rusia o minerales estratégicos de países con los que tenemos diferencias? ¿Por qué no se reparte el coste de las decisiones geopolíticas?
Esta vez no pedimos paciencia. Pedimos acción. Y pedimos justicia.